Dejó abandonada la moto en los alrededores de la ciudad y buscó un transporte público que la acercara al boulevard. No podía andar por Caracas en un vehículo robado y sin las protecciones que indicaba la ley. La detendrían, y eso podría llevarla a sus captores.
Al ubicar la tienda, entró en ella como si estuviera llegando a su casa. No había ningún dependiente atendiendo los mostradores abarrotados de objetos antiguos, ni clientes. Se internó en el pasillo esquivando el desorden.
—¡Severiano! ¡