Lloró durante varios minutos.
Hasta que la respiración empezó a calmarse.
Hasta que logró hablar otra vez.
—Te amo mucho, papá. —confesó en voz baja, apretando la camisa de él entre los dedos—. Gracias por venir. Necesitaba tus brazos.
—Lo sé, mi Perla Negra. —respondió él, besándole la frente—. Y también sé que no está siendo fácil.
—Él nunca va a perdonarme, papá. —murmuró, sintiendo que la garganta volvía a cerrársele—. Nunca.
—¿Ya se sentaron a hablar? —preguntó con calma, observando su ros