Olívia se detuvo a pocos pasos de él. Las manos cerradas en puños, las uñas casi marcándose en la propia piel.
—Fuiste tú. —dijo, aun con la voz cargada— tú mandaste a hacerle eso a mi hermano.
Alberto no respondió de inmediato. Solo la observó en silencio, como si evaluara cada temblor, cada respiración, cada grieta a punto de abrirse dentro de ella. Entonces dejó escapar una leve risa nasal, desviando la mirada un segundo mientras acomodaba el puño de la camisa.
—¿De verdad crees… —comenzó, c