Al día siguiente, la sala del consultorio estaba en penumbra. Laura ya estaba acostada en la camilla, cubierta por la sábana desde la cintura hacia abajo. Las manos descansaban sobre el vientre, pero los dedos se movían inquietos, sin poder estarse quietos.
El monitor a su lado seguía encendido, con la pantalla aún llena de estática grisácea. Edgar estaba sentado en la silla junto a ella. Sostenía su mano con fuerza; la otra descansaba sobre la rodilla, demasiado rígida para alguien que asegura