En la madrugada, Liam y Olívia permanecían en la proa del yate. Desnudos, con los cuerpos todavía calientes y el corazón acelerado, los dos intentaban, poco a poco, normalizar la respiración.
El mar estaba en calma, el cielo oscuro salpicado de estrellas, y el silencio se rompía solo por el sonido suave de las olas.
Sentados, siguieron abrazados. Olívia tenía el rostro apoyado en el hombro de Liam, las piernas sobre las de él, cruzadas hacia un lado; las piernas de él se extendían hacia el otro