Incluso después de una mañana intensa en la empresa, Olívia Bittencourt se sentía radiante.
En aquel día lluvioso, el corazón le latía a otro ritmo. Era el aniversario de tres años de relación con Peter Salvatore. Tres años creyendo que, por fin, había encontrado al hombre correcto.
Al salir de la empresa, se dirigió directo al spa. Necesitaba estar perfecta porque algo dentro de ella le decía que tendría una noche inolvidable.
Recostada en el sillón reclinable, Olívia se dejaba envolver por el toque delicado de la esteticista, que le masajeaba el rostro con movimientos circulares. El celular sonó por tercera vez sobre el mostrador. Tomó el aparato y sonrió al ver el nombre en la pantalla.
—Amiga, discúlpame por no contestar antes —dijo, con voz suave—. Estaba recibiendo un masaje en el rostro.
—¡Uy, esta noche promete! —respondió Camila.
—No aguanto de tanta ansiedad, y para colmo, empezó a llover fuerte. Todavía falta el maquillaje —Olívia habló mirando hacia la pared de vidrio del lugar—. Creo que nunca había estado tan nerviosa en mi vida.
Del otro lado, Camila respondió.
—¿Nerviosa por qué, mujer? Vas a celebrar tres años con el hombre más increíble de Dallas. Si sigues así, te va a dar una crisis y en vez de ir a cenar, vas a terminar en el hospital.
Olívia suspiró, mirando su propio reflejo en el espejo: la piel clara y luminosa, los ojos azules brillando de expectativa, y el cabello negro le caía hasta la cintura, suelto.
—No digas eso. Ay amiga, son tres años, ¿no?... Y hoy algo dentro de mí me dice que me va a pedir matrimonio —hubo una pausa corta—. Y decidí que... voy a entregarme a él. Sé que esperé demasiado tiempo, y para muchos soy anticuada, pero ahora siento que estoy lista. Y espero que sea todo romántico.
Hubo silencio del otro lado de la línea.
—¡WOW! Por fin, amiga —respondió Camila—. No sé cómo Peter, ese pedazo de bombón, aguantó todo este tiempo sin sexo.
Olívia sonrió, nerviosa.
—Esperó porque me ama y desde el inicio sabía que yo quería que fuera especial, sin presión. Amiga, una relación no se resume solo en sexo.
—Lo sé —respondió Camila rápidamente—. Pero, seamos honestas, los hombres piensan con la cabeza de abajo. Quieren una mujer siempre lista, brincando sobre ellos.
La maquilladora interrumpió con delicadeza.
—Linda, necesito que uses los audífonos o lo pongas en altavoz, ¿sí?
—Amiga, voy a tener que colgar —dijo sonriendo—. Olvidé los audífonos en casa y ya empezaste a decir tonterías. ¡Deséame suerte!
—Suerte y dale con todo —respondió Camila, con una risa suave—. A veces, la vida recompensa a quien espera.
—Ojalá —Olívia rio, acomodándose un mechón de cabello que le caía sobre el hombro—. Hoy... quiero que todo salga bien.
—Saldrá bien —la respuesta vino rápida—. ¡Besos!
Cuando colgó, el silencio volvió a dominar el ambiente. La maquilladora después de un tiempo finalizó.
Olívia se puso una lencería de encaje roja que escogió a propósito, atrevida y delicada al mismo tiempo. Encima, se deslizó el vestido rosa perlado que abrazaba sus curvas con sofisticación, marcando la cintura fina y la cadera elegante. Se calzó sandalias de tacón nude, se puso los aretes y observó, una vez más, su propia imagen.
—Linda, hoy la noche promete —dijo la maquilladora, guiñando un ojo con malicia—. Lánzate sin frenos con tu hombre.
Dentro de Olívia, solo una frase se repetía, terca y silenciosa.
"Hoy mi vida va a cambiar".
El restaurante del hotel lujoso exhalaba exclusividad. Las mesas estaban decoradas con arreglos de flores blancas y velas encendidas; el sonido distante de un piano llenaba el ambiente con serenidad. Peter ya la esperaba: traje negro impecable, cabello rubio peinado hacia atrás, sonrisa de galán. A cualquier mirada externa, parecía un hombre enamorado.
Tan pronto como Olívia entró, las miradas se volvieron hacia ella. Peter se levantó inmediatamente, como quien exhibía una conquista.
—Te ves deslumbrante, amor —Él besó su mano.
—Tú estás elegante, como siempre —respondió ella, sonriendo con ternura.
El mesero sirvió vino. Peter levantó la copa primero, con voz firme:
—Por nuestro amor.
Olívia, con los ojos humedecidos por la emoción, completó.
—¡Que será eterno!
El vino bajó suave, calentándole la garganta. Pero, antes de que pudiera saborear el instante, el celular de Peter vibró sobre la mesa. El sonido de la notificación rompió por un segundo el aura "romántica". Él tomó el aparato rápido.
La pantalla se encendió, y en letras nítidas apareció el mensaje.
"Ya voy camino al hotel. Hoy, vas a satisfacer mi vicio por mujeres vírgenes".
Peter bloqueó la pantalla inmediatamente. Su sonrisa no se alteró, como si nada hubiera pasado.
—¿Es algo importante? —preguntó Olívia, preocupada.
Él posó su mano sobre la de ella.
—Nada es más importante que estar aquí, ahora, contigo.
El corazón de ella se aceleró. Le creyó.
La cena continuó. Peter, sin embargo, parecía más interesado en mantener el ritmo de las copas de vino.
—¿Y el proceso de selección para el nuevo puesto, mi amor? —preguntó Olívia.
—Me estoy esforzando para conseguirlo, no he hecho otra cosa más que eso —respondió él, volviendo a llenar la copa con un gesto insistente.
—Ya pasé mi cuota de alcohol esta noche... amor —murmuró, dudando.
—Es una celebración, vida. No me hagas ese desaire —dijo él, la sonrisa casi imperativa.
Ella rio, rendida.
—Si hago el ridículo, tú tienes la culpa.
Poco después, Olívia fue al baño. Peter atrajo discretamente la copa de ella hacia él. Con mucho cuidado, adulteró la bebida. Mezcló ligeramente el líquido, asegurándose de que nada llamara la atención. Luego se recostó en la silla, con una sonrisa satisfecha dibujándose de nuevo en sus labios.
Cuando Olívia regresó, se sentó nuevamente, sonriente.
—¿Dónde estábamos? —preguntó, levantando la copa.
Con cada sorbo, su visión se volvía más borrosa. El piano sonaba distante. Olívia se sentía ligera, entregada a la ilusión.
—Sabes, amor... —murmuró, apoyando el mentón en la mano, la voz arrastrándose por la bebida—. Hoy vamos a tener sexo.
Él fingió sorpresa.
—¿Estás segura?
Olívia respiró hondo, intentando mantener la claridad.
—Quiero que me chupes todita, amor.
Los ojos de él brillaron.
—No te imaginas cuánto espero por esto —Acarició su mano.
Ella sostuvo la mirada por algunos segundos, aunque sus ojos pesaban.
—Hoy vas a... descubrir el camino —habló, totalmente fuera de sí—, de mi tesoro escondido.
Peter sostuvo la sonrisa ensayada.
—Claro, mi ángel. Brindemos por eso.
Olívia intentó reír, pero la cabeza le daba vueltas.
—Hace demasiado calor aquí... Apaga mi fuego, Peter —dijo, en un susurro.
—Calma, amor —Él pasó los dedos por su rostro, como quien ofrece consuelo—. En un rato, vamos a continuar la celebración en otro lugar.
Al final de la cena, él la condujo hasta la recepción. Olívia apenas podía caminar en línea recta, apoyándose en su brazo. Estaba totalmente borracha, fuera de sí.
—Reserva a nombre de Peter Salvatore —dijo a la recepcionista.
La joven empleada, nerviosa por el movimiento intenso de aquella noche, ya que muchos huéspedes prefirieron no tomar la carretera bajo la fuerte lluvia, tecleó rápido. Sin darse cuenta, cambió el número de la suite 1240 por la 1204. Entregó la tarjeta magnética con una sonrisa apresurada.
Peter agradeció y, mientras llevaba a Olívia al elevador, sacó el celular discretamente.
—La estoy llevando al cuarto ahora —susurró.
Del otro lado de la línea, la voz femenina respondió, provocadora:
—¿Vas a tardar, tigre?
—No. La voy a dejar en la suite y voy directo hacia ti, mi delicia —Él sonrió, victorioso—. El jefe va a tener por fin lo que siempre quiso: una noche con mi novia. Mi ascenso está garantizado.
Olívia reía sola, sin lógica.
—Amor... —balbuceó—. Estoy... mojadita —Y carcajeó, perdida en delirio.
El pasillo de la suite lujosa estaba silencioso. Peter abrió la puerta, la puso en la cama y la cubrió con sábanas blancas.
—Tengo una sorpresa, amor. Deja la luz apagada. Ya vuelvo —susurró.
Olívia rio alto.
Minutos después, la puerta se abrió despacio. Un hombre entró borracho. Tenía el andar tambaleante, la respiración pesada.
—¿Dónde mierda está la luz?