Camila debía de haberse torcido el tobillo, porque no lograba incorporarse.
Cuando alguien la sostuvo, volteó, sorprendida.
Era Santiago.
Los ojos se le enrojecieron de inmediato y sintió un nudo en la garganta. Bajó la mirada, pero no pudo contener las lágrimas.
—¿Por qué sigues aquí?
Santiago se agachó a su lado y le preguntó con una sonrisa:
—¿Por qué me diste tu tarjeta bancaria así, de repente?
Camila mantuvo la cabeza baja.
—En realidad, todo lo que te está pasando es por mi culpa...
—Lo s