Mateo e Isabella estaban sentados en la parte trasera del Rolls-Royce negro.
Isabella había tardado mucho en dejar de llorar y todavía soltaba algún sollozo.
Un rato después, Valentina salió de la escuela.
Como siempre, Mateo bajó para abrirle la puerta.
Ella lo miró agradecida, con los ojos enrojecidos.
—Gracias.
Mateo sonrió apenas, rodeó el carro y volvió a subir.
Isabella quedó sentada entre los dos.
Valentina todavía no se había atendido la herida. Solo llevaba el dedo envuelto en varias ca