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Se me Antoja Tumbar un Rey
Se me Antoja Tumbar un Rey
Por: CANELA
Capítulo 1. Deseando estar en los brazos de David.

Sentir a David Reyes tan cerca era una tortura deliciosa para Camila.

Su corazón latía con una violencia que le nublaba la razón, como si su cuerpo supiera algo que su mente se negaba a aceptar: David estaba ahí, a pocos pasos… y aun así, estaba tan lejos como una estrella imposible de alcanzar.

Él no era solo el chico más guapo de la universidad.

Era poder, dinero y apellido. Era el tipo de hombre al que todos miraban y nadie se atrevía a tocar. Inteligente, seguro de sí mismo, dueño de una sonrisa que abría puertas y cerraba destinos. A su lado siempre estaba Nani, su novia: hermosa, arrogante, intocable. Una reina sin corona que caminaba como si el mundo le perteneciera.

David y Nani no caminaban: desfilaban.

Eran hijos de familias influyentes, dueños de fortunas y secretos. Su sola presencia enviaba un mensaje claro: no te metas con nosotros. Los ricos siempre iban juntos, los guapos siempre brillaban, los poderosos siempre mandaban. Parecía que el mismo Dios los hubiera puesto allí para recordarle al resto lo pequeños que eran.

Tenían su mesa reservada en el comedor de la universidad.

La mejor.

Los profesores los trataban con una complacencia vergonzosa: notas infladas, trabajos ignorados, errores perdonados. Nadie decía nada. Nadie se atrevía.

Camila los observaba desde lejos.

No conocía realmente a esas familias, solo sabía lo indispensable: su madre trabajaba para los Reyes. Era la encargada de la fundación Casa de Reyes, un lugar que acogía niñas abandonadas. Allí Camila había crecido. Allí había aprendido a sobrevivir sin apellido, sin herencia y sin promesas.

Ella y sus amigos los miraban como quien observa un mundo ajeno.

Deseaban pertenecer a ese círculo perfecto, ser vistos, ser alguien. Pero mientras la vida decidía si algún día los miraría con los mismos ojos, ellos mantenían los pies sobre la tierra y la mirada fija en lo que realmente importaba: las coreografías, los ensayos, el sueño de representar al país en un mundial de baile.

La universidad estaba envuelta en un ambiente de celebración.

Último semestre. Última semana. Pronto no habría trabajos, ni informes, ni madrugadas forzadas.

Camila cursaba contaduría. Le gustaba. Era buena.

Tan buena que tenía una beca, una que no podía perder. Si bajaba el rendimiento, se quedaba sin estudios y sin futuro. Graduarse significaba libertad. Un empleo mejor. Salir por fin de la fundación.

Había cumplido la mayoría de edad, y eso tenía un precio.

Las chicas que crecían en la fundación debían irse cuando llegaba ese momento. Buscar su camino. Las demás tenían familias que las esperaban, aunque fuera de mala gana. Camila no.

A ella nadie la esperaba.

Había buscado parientes, aunque fuera uno lejano. Nada.

Su familia parecía haberse evaporado, tragada por la tierra o por el silencio.

Y mientras Camila soñaba en silencio, alguien la observaba con desprecio.

María Antonia Reyes.

Saber que Camila —una más del montón— miraba a David como tantas otras, le resultaba insoportable. Ella también lo deseaba, aunque jamás lo admitiría. Era su primo, sí, pero eso nunca había detenido a María Antonia. Soñaba con el día en que él la mirara diferente.

Por eso decidió darle una lección.

Una última broma.

Una que Camila no olvidaría jamás.

Se lo dijo a su grupo de amigas y amigos, y todos aceptaron de inmediato. Con una condición: no solo se burlarían de Camila, también de otros que eligieran para divertirse.

María Antonia era egoísta, cruel y presumida. Disfrutaba humillar. Pasaba por encima de quien fuera. Consentida por la familia Reyes, se comportaba como una niña mimada que jamás había recibido un no por respuesta.

Todo comenzó por algo mínimo.

Andrea, supuesta amiga de Camila, la escuchó decir que David era el chico más guapo de la ciudad.

Eso bastó.

Para María Antonia era inconcebible que una chica morena, de barrio, becada, pobre, sin familia y criada en una fundación, pusiera los ojos en David Reyes.

Un hombre alto, atlético, rubio, de ojos azules. Rico. Poderoso. Intocable.

Eso no.
Camila no debía mirar a su primo.

La fiesta sorpresa se haría en un lugar exclusivo al norte de la ciudad. Viernes, seis de la tarde.

Las invitaciones fueron entregadas solo a los populares, a los ricos, a los que importaban. Y a unos cuantos más, elegidos por María Antonia y su círculo, a quienes llamaban perros.

Camila jamás olvidaría ese momento.

David Reyes le entregó la invitación en persona.

Sus manos temblaron al recibirla.

El hombre que amaba. El hombre con el que soñaba caminar de la mano.

—¡Esto es de locos! —exclamó Juliana al ver su propia invitación.

—¿De quién fue la idea? —preguntó Camila, aún incrédula.

—De lo mejor de lo mejor —dijo Andrea—. Una fiesta para encontrarnos como amigos, no como estudiantes.

Gritaron de alegría.

Eran solo tres amigas.

Juliana, extrovertida.

Andrea, impulsiva.

Camila, tímida, inteligente… y peligrosamente ilusionada.

—¡Promete que le dirás a David lo que sientes! —rió Andrea.

—¡Sí, dile que te lo quieres comer! —se burló Juliana.

Camila sonrió, nerviosa.

—Jamás haría eso. Un hombre así puede aprovecharse… y luego presumirlo.

—Pero te gusta —insistió Juliana.

—Sí… me gusta. Pero no es para tanto.

Andrea se levantó de golpe.

—Entonces vayamos de compras. Esta será nuestra última noche como universitarias y tienen que mirarnos. Admirarnos.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, María Antonia sonreía.

La fiesta estaba lista.

La humillación también.

—¿Creen que esos tontos están a nuestra altura? —dijo con desprecio.

—¿Ya les dieron las invitaciones a los perros? —preguntó Nani, divertida.

—Sí. Están felices. No tienen idea de lo que les espera.

—¿Y Camila? —insistió Nani—. Esa descarada no deja de mirar a David.

María Antonia se acercó a la ventana, observó el enorme jardín y sonrió con frialdad.

—Todo a su debido tiempo.

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