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Sentir a David Reyes tan cerca era una tortura deliciosa para Camila.
Él no era solo el chico más guapo de la universidad.
David y Nani no caminaban: desfilaban.
Tenían su mesa reservada en el comedor de la universidad.
Camila los observaba desde lejos.
No conocía realmente a esas familias, solo sabía lo indispensable: su madre trabajaba para los Reyes. Era la encargada de la fundación Casa de Reyes, un lugar que acogía niñas abandonadas. Allí Camila había crecido. Allí había aprendido a sobrevivir sin apellido, sin herencia y sin promesas.
Ella y sus amigos los miraban como quien observa un mundo ajeno.
La universidad estaba envuelta en un ambiente de celebración.
Camila cursaba contaduría. Le gustaba. Era buena.
Había cumplido la mayoría de edad, y eso tenía un precio.
A ella nadie la esperaba.
Había buscado parientes, aunque fuera uno lejano. Nada.
Y mientras Camila soñaba en silencio, alguien la observaba con desprecio.
María Antonia Reyes.
Saber que Camila —una más del montón— miraba a David como tantas otras, le resultaba insoportable. Ella también lo deseaba, aunque jamás lo admitiría. Era su primo, sí, pero eso nunca había detenido a María Antonia. Soñaba con el día en que él la mirara diferente.
Por eso decidió darle una lección.
Una última broma.
Se lo dijo a su grupo de amigas y amigos, y todos aceptaron de inmediato. Con una condición: no solo se burlarían de Camila, también de otros que eligieran para divertirse.
María Antonia era egoísta, cruel y presumida. Disfrutaba humillar. Pasaba por encima de quien fuera. Consentida por la familia Reyes, se comportaba como una niña mimada que jamás había recibido un no por respuesta.
Todo comenzó por algo mínimo.
Eso bastó.
Para María Antonia era inconcebible que una chica morena, de barrio, becada, pobre, sin familia y criada en una fundación, pusiera los ojos en David Reyes.
Eso no.
Camila no debía mirar a su primo.
La fiesta sorpresa se haría en un lugar exclusivo al norte de la ciudad. Viernes, seis de la tarde.
Camila jamás olvidaría ese momento.
David Reyes le entregó la invitación en persona.
Sus manos temblaron al recibirla.
—¡Esto es de locos! —exclamó Juliana al ver su propia invitación.
—¿De quién fue la idea? —preguntó Camila, aún incrédula.
—De lo mejor de lo mejor —dijo Andrea—. Una fiesta para encontrarnos como amigos, no como estudiantes.
Gritaron de alegría.
Eran solo tres amigas.
—¡Promete que le dirás a David lo que sientes! —rió Andrea.
—¡Sí, dile que te lo quieres comer! —se burló Juliana.
Camila sonrió, nerviosa.
—Jamás haría eso. Un hombre así puede aprovecharse… y luego presumirlo.
—Pero te gusta —insistió Juliana.
—Sí… me gusta. Pero no es para tanto.
Andrea se levantó de golpe.
—Entonces vayamos de compras. Esta será nuestra última noche como universitarias y tienen que mirarnos. Admirarnos.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, María Antonia sonreía.
La fiesta estaba lista.
—¿Creen que esos tontos están a nuestra altura? —dijo con desprecio.
—¿Ya les dieron las invitaciones a los perros? —preguntó Nani, divertida.
—Sí. Están felices. No tienen idea de lo que les espera.
—¿Y Camila? —insistió Nani—. Esa descarada no deja de mirar a David.
María Antonia se acercó a la ventana, observó el enorme jardín y sonrió con frialdad.
—Todo a su debido tiempo.







