El callejón era sombrío y estaba impregnado de un olor a humedad penetrante.
Selina fue empujada un par de veces por una chica, hasta que su espalda quedó contra la pared húmeda.
No pudo evitar fruncir el ceño mientras miraba fríamente a los cuatro o cinco adolescentes que estaban parados frente a ella.
—Selina, ¿a quién crees que impresionas con esa actitud? Actúas como si todos te debiéramos algo. Tus padres ni te prestan atención, ¿de qué te las das?
—Solo verte ya da rabia, eres una falsa.
—