Estos cinco minutos fueron una tortura para los espectadores hambrientos de chisme.
Finalmente...
Se escucharon pasos detrás. Esperanza apretó las palmas de sus manos, controlando su corazón desbocado, con el rostro pálido.
—¡Esperanza, ya llegué!
—Oye, no me dijiste que traías amigos. De haberlo sabido, habría comprado más café.
La voz alegre del hombre se acercaba cada vez más.
Cuando llegó frente a ellos, se dio cuenta de que Esperanza no estaba sola; a su lado había dos caras desconocidas.
U