—Señor Torres, abróchese el cinturón.
Diego había investigado sobre Ana y no encontró antecedentes de que hubiera participado en carreras.
Apenas la había visto conducir algunas veces.
Dejar su vida en sus manos era completamente por necesidad.
Esperaba...
Antes de terminar de pensar, el auto salió disparado como una flecha.
El grupo que los seguía observó la escena, jadeando.
—Jefe, ¿qué hacemos? ¿Seguimos persiguiéndolos?
—¡Claro que sí! ¡Traigan el auto rápido! ¡Son diez millones de dólares!