Los Herrera vivían en la zona más próspera de Terraflor, en terrenos cuyo valor era inalcanzable para la mayoría.
En ese preciso momento, la tensión en el salón era palpable. Apenas Mateo entró, una pila de periódicos voló directo hacia él.
—¡Mateo, ¡de rodillas! —Carlos, sentado en el sofá con su bastón, lucía impecable a pesar de sus canas, pero su rostro envejecido estaba contorsionado por completo por la ira.
—Abuelo, ¿qué he hecho mal?
—¿Ana y tú terminaron? ¿Verdad?
Mateo ni siquiera había