Samuel se sentía impotente. Sospechaba seriamente que Ana estaba allí para avivar el fuego. Cualquier persona normal, al verlos así, intentaría calmarlos. Pero Ana hacía justo lo contrario. Era una completa loca.
Armando soltó una risita ambigua, se metió las manos en los bolsillos, se encogió de hombros y dejó de enfrentarse a Samuel.
—Esta vez la culpa es mía. Me llevé a Santi y olvidé avisarle a Viviana. Lo siento mucho.
Armando se disculpó sinceramente. Aunque Viviana sentía resentimiento,