Santiago, abrazando su osito de peluche, corrió hacia Viviana. Su carita redonda tenía dos sonrojados mofletes, y sus ojos, como brillantes uvas, brillaban. Se lanzó a los brazos de su madre.
—¡Santi!
La inmensa alegría de recuperarlo inundó a Viviana. Temblorosa, lo abrazó con fuerza, llorando de felicidad.
Samuel se acercó rápidamente, pero su mano quedó suspendida en el aire cuando su esposa se apartó para abrazar a su hijo. Su mano se quedó inmóvil. Su semblante ya sombrío se oscureció aún