—Señor Urquiza, tengo linimento para golpes. Recuéstese y le daré un masaje.
Esta reacción era exactamente lo que Gabriel esperaba.
Fingió resistirse un par de veces, hasta finalmente "ceder a regañadientes".
En la sala, Gabriel se quitó lentamente el abrigo, quedándose solo con la camisa negra. Su teléfono sonaba incesantemente, pero lo silenció. Quienquiera que fuese, nada era más importante que este momento.
Dejó el abrigo sobre el sofá y, apenas sentado, vio a Ana acercarse con el linimento.