CAPÍTULO SETENTA Y SIETE

Hubo un aplauso enorme y atronador en el momento en que ella dejó de hablar. Los vítores rodaron por el gran salón en oleadas; algunos delegados aplaudían con genuino fervor, mientras que otros se unían por mera obligación política, atónitos por el peso rotundo de su presencia.

A medida que la ovación disminuía lentamente, Elara giró la cabeza y sus ojos afilados encontraron a su padre de pie cerca de la grada superior.

—Voy a proporcionar un gobierno estable para mi pueblo —dijo, y su voz cayó
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