Silas leyó el mensaje una y otra vez, con las palabras frías quemándole las retinas mientras yacía en la cama. Pasó toda la noche dando vueltas, atrapado en un sueño intermitente y agitado que no le trajo ningún alivio.
A la mañana siguiente, ya no pudo soportar el encierro de su habitación. Se unió a sus hombres en el campo para entrenarlos. No debió haberlo hecho; su cuerpo estaba exhausto y su mente era un caos desastroso, pero necesitaba desesperadamente poner en paz sus pensamientos.
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