"¿Quién será?", se preguntó. No había oído ni abrir ni cerrar, y al mirar a través del espejo la ventana abierta que tenía detrás, se dio cuenta de que quienquiera que estuviera allí tenía un motivo que debía permanecer oculto al público.
—¿Quién eres? Muéstrate —ordenó.
Su voz temblaba y empezó a sudar por las palmas de las manos; el terror que sentía se reflejaba claramente en su rostro. Buscó su cepillo de madera sobre la mesa; no era un arma muy buena, pero era lo único que tenía por ahora.