La tarde en la mansión Arriaga era serena, con el sol filtrándose entre las ramas de los árboles que adornaban el jardín trasero. Isabela, en busca de un momento de tranquilidad, había decidido pasar el tiempo cuidando las flores. El jardín era su refugio, un lugar donde podía olvidar, aunque fuera por unos minutos, el constante hostigamiento de Camila y la indiferencia de Leonardo.
Con las manos ocupadas arrancando malas hierbas y podando un pequeño arbusto, Isabela no se dio cuenta de que alg