La mansión Arriaga, con sus pasillos amplios y ventanales que dejaban entrar la luz del sol de manera impecable, parecía un lugar ideal para escapar del caos exterior, pero para Isabela, cada rincón de esa casa se sentía como una trampa, un espacio en el que la libertad era un concepto lejano. Había momentos en los que lograba olvidarse de la tensión constante, pero siempre había algo que lo rompía, algo que la regresaba a la cruel realidad.
Esa tarde, como tantas otras, Isabela decidió caminar