Mientras las hojas caían lentamente de los árboles en la tranquila ciudad canadiense, Leonardo y Isabela disfrutaban de un día más en su nueva vida. El aire fresco del norte de América se colaba suavemente por las ventanas abiertas de la mansión, mientras la luz de la tarde iluminaba los rincones de su hogar, dándole una sensación de paz. Sin embargo, lejos de allí, en una ciudad llena de caos y ambiciones, Alejandro Altamirano se encontraba frente a su escritorio, con una expresión decidida en