La mañana comenzó con una extraña calma en la mansión Arriaga, una calma que Isabela sabía no duraría. Había sentido la tensión desde que regresó de la oficina, el ramo de flores de Leonardo aún fresco en su mente. Sin embargo, todo cambió cuando Camila irrumpió en su espacio, con esa actitud altiva que tanto le disgustaba.
—Isabela —dijo Camila con una sonrisa que no alcanzó sus ojos mientras cerraba la puerta tras de sí—. Tenemos que hablar.
Isabela, que estaba organizando algunos documento