Leonardo estacionó su auto frente a la imponente torre de la compañía Altamirano, su mirada fija en la entrada como si esperara encontrar respuestas al tumulto de emociones que lo acosaban. Desde que regresaron de las islas caribeñas, los pensamientos sobre Isabela no le daban tregua. Cada momento compartido, cada palabra intercambiada, y cada mirada que ella le dirigía resonaban en su mente. Era hora de hablar con ella, de poner las cosas en claro, aunque aún no sabía exactamente qué quería de