El reloj marcaba las 10 de la noche cuando Leonardo Arriaga llegó a la casa de Camila.
Había pasado todo el día sumido en la rabia, en la ira contenida, en la necesidad de enfrentarla y exigir respuestas.
Intentó calmarse, pero la imagen de Isabela en esa cama de hospital, vulnerable y en peligro, lo atormentaba.
Golpeó la puerta con fuerza.
—¡Camila, abre esta maldita puerta! —su voz resonó con dureza.
Unos segundos después, la puerta se abrió lentamente.
Camila apareció ante él, con los ojos