La oscuridad de la madrugada envolvía la mansión Arriaga. La casa, que solía ser llena de risas y conversaciones, ahora estaba en un silencio pesado. Los ecos de sus propios pensamientos eran lo único que rompía el quieto ambiente de la casa. Leonardo Arriaga, sentado en el borde de la cama, no podía dejar de pensar en todo lo que había sucedido en los últimos días.
El peso de la decisión que había tomado lo aplastaba lentamente, como si fuera una carga imposible de llevar. Había accedido a lo