—Estás despedida!
Lo único que puedo hacer al escuchar el grito de mi jefe
es poner mis ojos en blanco. Que si, que he tirado el café
encima de un cliente, pero ha sido un accidente. Pero
despedirme por eso me parece demasiado.
George, mi jefe, es el hijo del dueño y lo único que hace
todo el día es poner nerviosos a los empleados. A las
mujeres más, con sus miradas lascivas y comentarios
inapropiados, a los hombres no tanto porque sólo hay uno