—Es un poco tarde —respondió Jensen—. Son poco después de las doce.
—¡Ay, Dios! —exclamó ella. Recogió el teléfono del suelo y lo dejó sobre el escritorio. Luego buscó en su bolso y sacó el móvil. Mientras llamaba a su madre para disculparse por no haber vuelto a ver cómo estaba Tim, Jensen se quedó de pie junto al escritorio, mirándola con furia.
—Me alegro de que hayas llegado a tiempo. No pensaba quedarme aquí tanto tiempo —dijo tras colgar y dejar el teléfono sobre el escritorio—. Estaba tr