—Monta sobre mí —dijo con voz tensa. Sus pupilas se dilataron y su frente se frunció. Tenía la frente marcada por el sudor, y sus manos la sujetaban con tanta fuerza por las caderas que ella no podía hacer más que apretar los músculos internos alrededor de su erección.
—Un paraíso de sudor —gimió él.
No iba a aguantar, y no podía hacer nada al respecto. Necesitaba moverse. Tenía que moverse.
Apoyando las palmas de las manos sobre su pecho, se zafó de su agarre y comenzó a moverse de arriba abaj