No pasamos mucho tiempo en el arroyo, de improviso las nubes grises estaban sobre nosotros y corrimos hacia la casa.
Besarlo, ahora dio un cambio en mí, sin embargo, había una espina gruesa que debía quitarme de la mente y esa era Cecil.
En cuanto llegamos a la casa, chorreantes por el agua, pegué mi espalda en la puerta de la entrada, intentando calmarme por los sofocos de la carrera.
—Tengo una pregunta—inhalé, él enarcó una ceja, estaba sonriente a pesar de la lluvia—¿Qué hiciste con Cecil?