Me quedo mirando el corsé sin moverme a recogerlo.
Él tampoco se mueve del sofá.
Pasan unos minutos en los que ninguno dice nada. Solo respiro a través del silencio, con el cerebro dando vueltas a todas las respuestas posibles, a todas las excusas que podría darle.
Aunque solo dijera que es un corsé que tengo, fingiendo ignorancia sobre el club, sé que él sabe que es exactamente el mismo. Pasa horas pasando las manos por él, estudiándolo mientras observa cómo reacciona mi cuerpo en cada sesión.