Me despierto al día siguiente boca abajo en el sofá de Sel, con el brazo derecho completamente dormido por haber estado colgando del borde toda la noche. En cuanto abro los ojos, un dolor punzante me atraviesa la cabeza y los cierro de inmediato, soltando un gemido.
—Al menos sigue viva —dice alguien desde arriba.
Giro la cabeza hacia el otro lado y abro un ojo para ver a Nico y Sel de pie frente a mí, cada uno con un café en la mano y sonriendo como padres a punto de burlarse de mí.
—¿Qué coño