—Dime que pare —susurra David, con el aliento caliente contra mi piel—. Dime que no quieres esto, Muñeca, y nunca volverás a verme.
Odio cómo mi cuerpo traiciona con solo oír ese viejo apodo. Mis muslos se aprietan por instinto mientras una humedad caliente se acumula entre mis piernas. Las caricias de Vincent son suaves, seguras, un ritmo predecible que me deja fría y ansiando el fuego salvaje que solo David sabe encender en mí. Pero aquí, en este momento robado, siento un terror profundo: el