Le conté a David en la cocina porque no podía guardármelo ni un segundo más dentro del cuerpo.
Estaba junto a la encimera, con las mangas remangadas, el teléfono atrapado entre el hombro y la oreja, ya medio metido en modo trabajo aunque apenas amanecía. Me miró distraído, articulando en silencio «un minuto» mientras terminaba alguna frase salvadora de imperios dirigida a alguien que, en ese momento, no tenía la menor importancia.
Lo interrumpí de todos modos.
—Estoy embarazada.
Se quedó congel