David asiente, pero no dice nada más.
Vuelve a pulsar el botón de la consola, bajando la pantalla, y tengo la sensación de que quiere esperar hasta que estemos los dos en su casa. Así que no hago más preguntas. Por ahora.
En cambio, uso el trayecto para pensar en las preguntas que realmente quiero que me responda y, para cuando abre la puerta de su casa, ya tengo una lista en la cabeza.
David, por supuesto, vive en un ático. Entro en él con asombro, mi cerebro intentando procesar el tamaño, el