Por la mañana me despierto despacio, estirándome mientras parpadeo y alcanzo el teléfono. Al ver que son las 9:47 am, entro en pánico, tiro las sábanas y salgo corriendo de la habitación.
—¡David! —llamo, corriendo de un lado a otro del apartamento varias veces hasta que encuentro la cocina, donde David está de pie bebiendo una taza de café—. ¡Son las 10! ¿Cómo coño pudiste dejarme dormir tanto?
—Buenos días a ti también —se burla, acercándose con otra taza. Como no la tomo, la deja en la encim