Diego
El silencio tras la llamada es más pesado de lo que había imaginado. Permanezco sentado en el sillón del despacho, los dedos quietos alrededor del vaso de whisky. El hielo se ha derretido. El alcohol está tibio, insípido. Aun así, lo bebo.
La habitación huele a cigarro apagado y a madera vieja. Y a algo más. Una resonancia. El eco de su voz quebrada. «Confía en mí». Esas palabras, en su boca, fueron una obra de arte. Un desgarro tan perfecto.
Debería estar satisfecho. El plan ha funcionad