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Mentir a tu familia es fácil. Mentirte a ti misma sobre lo que sientes... eso es el verdadero desafío.

El silencio después de que Leonardo colgara el teléfono fue tan denso que Natalia podía escuchar el zumbido del refrigerador en la cocina y el tráfico distante de la Colonia Roma filtrándose por las ventanas cerradas. Se quedó mirando a su mejor amigo con una mezcla de horror, gratitud y algo que no supo identificar completamente.

—¿Qué acabas de hacer? —preguntó finalmente, su voz saliendo más aguda de lo que pretendía.

—Establecer el tono —respondió Leonardo simplemente, devolviéndole el teléfono con la misma calma que usaría para entregar un documento en una reunión corporativa—. Tu familia te pisotea constantemente porque tú se lo permites, Nat. Alguien necesitaba plantar una línea en la arena.

—Esa línea que acabas de plantar está hecha de dinamita —dijo Natalia, sintiendo cómo el pánico comenzaba a trepar por su garganta—. Mi madre va a volverse completamente loca. Probablemente ya está planeando aparecer en mi departamento con un escuadrón de interrogación.

—Que lo intente —Leonardo se recargó en el respaldo del sofá con los brazos cruzados, luciendo completamente imperturbable—. Tu madre necesita aprender que ya no puede manipularte emocionalmente cada vez que algo no sale exactamente como ella quiere.

Natalia abrió la boca para protestar, para defender a su familia como llevaba haciendo toda su vida, pero las palabras se atascaron en su garganta porque sabía—en algún lugar profundo y doloroso—que Leonardo tenía razón. Isabela Ochoa había perfeccionado el arte de la manipulación maternal durante décadas, usando la culpa y las expectativas familiares como armas para mantener a Natalia en línea.

El teléfono en su mano comenzó a vibrar violentamente, iluminándose con notificaciones que llegaban una tras otra como metralla:

Valeria: "¿TIENES NOVIO? ¿ESTÁS COMPROMETIDA? ¿Por qué no me dijiste nada?"

Isabela: "Necesitamos hablar INMEDIATAMENTE. Ven a casa AHORA."

Ernesto: "¿Tu madre dice que estás comprometida? ¿Con quién? ¿Cuándo pasó esto?"

Valeria: "Nat, por favor responde. Estoy confundida."

Isabela: "No puedes ignorarme, Natalia Ochoa."

Leonardo tomó el teléfono de sus manos temblorosas y lo apagó completamente con un movimiento definitivo.

—Mañana —dijo con firmeza—. Mañana lidiaremos con las consecuencias y con tu familia. Esta noche necesitas respirar, procesar, y prepararte mentalmente para lo que viene.

—¿Y qué viene exactamente? —preguntó Natalia, sintiendo cómo la realidad de lo que acababan de hacer comenzaba a golpearla con fuerza—. Acabamos de decirle a mi madre que estamos comprometidos, Leo. ¿Comprometidos? ¿Tienes idea de lo que eso significa?

—Significa que necesitamos construir una historia convincente —dijo Leonardo, alcanzando su laptop que había dejado en la mesa del comedor—. Y necesitamos hacerlo ahora, antes de enfrentarnos a tu familia mañana.

Durante la siguiente hora, Natalia y Leonardo se sentaron en el sofá con la laptop entre ellos, construyendo meticulosamente la narrativa de una relación que nunca había existido. Era extrañamente íntimo, este proceso de inventar recuerdos falsos y momentos compartidos que solo existirían en palabras.

—¿Cuánto tiempo llevamos juntos? —preguntó Leonardo, sus dedos volando sobre el teclado mientras tomaba notas como si estuviera preparando un caso legal.

—Ocho meses —respondió Natalia después de pensar—. Suficiente tiempo para ser serio pero no tanto que parezca sospechoso que nadie lo supiera.

—¿Y por qué en secreto? —Leonardo levantó la vista, sus ojos verdes estudiándola con esa intensidad analítica—. Tu familia va a preguntar eso inmediatamente.

Natalia mordió su labio inferior, pensando.

—Porque después de Adrián, necesitaba estar absolutamente segura antes de presentarte a mi familia. No quería repetir el error de involucrar a todos en mi vida personal solo para que terminara en desastre.

Leonardo escribió eso, asintiendo.

—Eso es perfecto. Muestra madurez y autoprotección. ¿Cómo comenzó? ¿Cuándo cambió nuestra amistad a algo más?

—Una cena —dijo Natalia, sorprendiéndose de lo fácilmente que la mentira salía de sus labios—. Habías tenido un caso particularmente difícil, yo te invité a cenar para distraerte, y después de tres botellas de vino entre los dos... simplemente pasó. Un beso espontáneo que cambió todo.

Leonardo la miraba con una expresión extraña, casi como si estuviera visualizando esa escena que nunca había ocurrido.

—¿Y el compromiso? —preguntó con voz más suave—. ¿Cuándo y cómo?

—Hace dos semanas —Natalia sintió su corazón latiendo más rápido por razones que no quiso examinar—. Algo simple pero significativo. Sin grandes gestos públicos porque no somos así.

—Necesitaremos un anillo —observó Leonardo—. Algo que se vea auténtico pero no ostentoso. Mañana por la mañana iremos a una joyería.

La idea de llevar un anillo de compromiso falso hizo que algo se retorciera incómodo en el estómago de Natalia, pero asintió de todas formas.

—Deberíamos practicar —dijo Leonardo después de cerrar la laptop—. Cómo actuamos como pareja. Tu familia nos va a estudiar como halcones buscando cualquier señal de que esto es falso.

—¿Practicar qué exactamente? —preguntó Natalia, sintiendo cómo el nerviosismo se enroscaba en su columna vertebral.

Leonardo extendió su mano hacia ella.

—Ven aquí.

Natalia dudó por un momento antes de deslizarse más cerca de él en el sofá. Leonardo tomó su mano izquierda con ambas manos, sus pulgares trazando círculos suaves sobre sus nudillos en un gesto que se sintió demasiado natural para ser actuación.

—Así —murmuró—. Natural. Como si mi mano siempre hubiera pertenecido en la tuya.

El contacto enviaba pequeñas chispas de electricidad por el brazo de Natalia. Se dijo a sí misma que eran solo nervios, ansiedad por la situación, nada más. Definitivamente nada más.

—Di mi nombre —instruyó Leonardo—. Como si fuera tu prometido.

Natalia lo intentó, sintiendo cómo las palabras se atoraban torpemente en su lengua.

—Mi... mi prometido, Leonardo.

—Suena como si estuvieras anunciando el nombre de un criminal —dijo Leonardo con una pequeña sonrisa—. Inténtalo de nuevo. Con cariño esta vez.

Natalia respiró profundamente.

—Mi prometido, Leo.

Algo cambió en la expresión de Leonardo cuando ella usó el diminutivo, un suavizamiento sutil alrededor de sus ojos que hizo que luciera más vulnerable de lo que Natalia lo había visto en años.

—Mejor —dijo él—. Mucho mejor.

Se quedaron así por un momento que se extendió demasiado largo, las manos entrelazadas, los ojos sosteniéndose en el silencio del departamento. Natalia sentía algo extraño burbujeando en su pecho—algo cálido y aterrador que descartó rápidamente como producto del vino y el estrés emocional del día.

—¿Por qué estás haciendo esto realmente? —preguntó finalmente, rompiendo el momento—. Y no me digas que solo porque somos amigos. Esto es... es mucho, Leo. Sacrificar un fin de semana completo, mentirle a mi familia, involucrarte en este drama.

Leonardo soltó su mano y se recargó hacia atrás, pasándose una mano por el cabello en un gesto raro de inseguridad que no era característico de él.

—Somos mejores amigos —dijo—. Es obvio que te apoyaría.

—Leo.

—¿Qué? —él evadió su mirada.

—Dime la verdad —insistió Natalia—. ¿No tienes algo mejor que hacer durante una semana completa en San Miguel de Allende? ¿Algún caso importante? ¿Alguna mujer esperándote?

Leonardo estuvo en silencio por un largo momento, sus dedos tamborileando contra su rodilla en un patrón nervioso.

—Mi última relación terminó hace cuatro meses —admitió finalmente—. Con Sofía.

—Lo sé —dijo Natalia suavemente—. Me dijiste que simplemente no funcionó, que querían cosas diferentes.

—Esa fue la versión editada —Leonardo soltó una risa amarga—. La verdad es que ella me dejó porque según sus palabras exactas, yo "siempre ponía a Natalia primero". Dijo que cada vez que tú necesitabas algo, yo dejaba todo para estar ahí. Que cuando hablaba de mi vida, tú aparecías en cada historia. Que básicamente estaba en una relación contigo sin los beneficios físicos.

Natalia sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.

—Leo, yo... no sabía. No tenía idea de que eso había causado problemas en tu relación.

—No es tu culpa —dijo él rápidamente—. Sofía tenía razón en cierto sentido. Eres mi mejor amiga. Mi persona. Si tengo que elegir entre una novia y estar ahí para ti, voy a elegirte a ti cada maldita vez.

Las palabras colgaban en el aire entre ellos, cargadas de un significado que Natalia no estaba lista para desentrañar.

—Aun así, no debería haber arruinado tu relación...

—Tú no arruinaste nada —interrumpió Leonardo—. Si Sofía no podía entender que las amistades importantes son parte del paquete completo, entonces no era la persona correcta. Punto final.

La tensión en el aire era palpable, densa con cosas no dichas y sentimientos que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar.

—Deberíamos investigar a Adrián —dijo Natalia abruptamente, necesitando cambiar de tema antes de que su cerebro comenzara a hacer conexiones peligrosas—. Admito que no sé nada sobre su vida actual aparte de lo que Valeria mencionó hoy.

Leonardo pareció aliviado por el cambio de conversación. Abrió su laptop de nuevo y navegó hasta LinkedIn.

—Adrián Salazar —tecleó el nombre, y segundos después, el perfil apareció en la pantalla.

Natalia sintió una puñalada aguda en el pecho al ver su fotografía. Adrián seguía siendo devastadoramente atractivo a sus treinta y tres años. El cabello oscuro ahora tenía algunas canas distinguidas en las sienes, y los años le habían dado una madurez que solo lo hacía más guapo. Vestía un traje gris perfectamente cortado en la foto, sonriendo con esa sonrisa que solía hacerla derretirse.

Adrián Salazar - Socio en Salazar & Domínguez Arquitectos

Especialista en Restauración de Edificios Históricos

Maestría en Arquitectura de Conservación - Universidad de Barcelona

—Cumplió todos sus sueños —susurró Natalia, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con regresar—. Se fue a Barcelona, terminó su maestría, se convirtió en socio de una firma prestigiosa. Hizo exactamente todo lo que dijo que haría.

Excepto que esos planes nunca habían incluido a Natalia en el final. Ella había sido el sacrificio necesario para su éxito.

Leonardo notó la forma en que su voz se quebraba y cerró la laptop con un clic definitivo.

—No vale la pena el dolor, Nat. Es solo un perfil de LinkedIn. No define quién es realmente como persona.

—¿Crees que realmente ama a Valeria? —preguntó Natalia en voz baja, odiándose por necesitar saber la respuesta.

Leonardo estuvo en silencio por un largo momento incómodo.

—No lo sé —admitió finalmente—. Pero sé que cualquier hombre que te dejó de la forma que él lo hizo no merece que pierdas ni un segundo más pensando en él.

Natalia miró el reloj en la pared. Eran casi las dos de la mañana. El domingo ya había comenzado, trayendo consigo la inevitable confrontación con su familia y todas las mentiras que tendrían que sostener.

—Es tarde —observó—. Deberías irte a casa.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó Leonardo, pero algo en su tono sugería que ya sabía la respuesta.

—No —admitió Natalia—. Pero no puedes quedarte en mi sofá. Es incómodo y probablemente te despertarás con dolor de espalda.

—He dormido en lugares peores —Leonardo se encogió de hombros—. Además, ¿qué tipo de prometido falso sería si te dejara sola después del día que tuviste?

Natalia fue a su habitación y regresó con almohadas extras y una cobija que su abuela le había tejido años atrás. Leonardo se había quitado los zapatos y la camisa, dejándolo en una camiseta blanca que revelaba más de su físico de lo que Natalia había visto en años de amistad. Tenía hombros anchos y brazos tonificados—evidencia de las sesiones de gimnasio que mencionaba casualmente pero que ella nunca había presenciado.

Natalia se dio cuenta de que lo estaba mirando demasiado tiempo y rápidamente desvió la vista, sintiendo calor subir a sus mejillas.

—¿Hay unicornios en tu pijama? —preguntó Leonardo, mirando el pantalón de franela que ella llevaba puesto.

—Son pegasos, ignorante —replicó Natalia, lanzándole una almohada que él atrapó con facilidad—. Y fueron un regalo de Navidad.

—¿De quién? ¿De un niño de seis años?

—De ti, idiota —dijo Natalia—. El año pasado. Dijiste que necesitaba "más magia en mi vida".

La expresión de Leonardo se suavizó completamente.

—Tienes razón. Lo había olvidado.

Se miraron por un momento largo, la atmósfera cambiando de juguetona a algo más pesado, más significativo. Natalia fue la primera en apartar la vista.

—Buenas noches, Leo.

—Buenas noches, Nat —respondió él, acomodándose en el sofá—. Y gracias.

—¿Por qué me das las gracias? —preguntó Natalia, confundida—. Tú eres el que está sacrificándose por mí.

—Por confiar en mí —dijo Leonardo simplemente—. Por dejarme estar aquí.

Natalia no supo qué responder a eso, así que simplemente asintió y se dirigió a su habitación. Pero antes de cerrar la puerta completamente, se volteó.

—Leo... en serio. No sé qué haría sin ti.

Leonardo la miró con una expresión que Natalia no supo descifrar—algo intenso y vulnerable y casi doloroso.

—No tienes que averiguarlo —dijo él—. Porque no voy a ninguna parte.

Natalia cerró la puerta de su habitación y se recargó contra ella, su corazón latiendo demasiado rápido por razones que se negaba a examinar. Estaba a punto de meterse en la cama cuando su teléfono—que había dejado en el buró—se iluminó con una notificación.

Lo había encendido sin pensar, un hábito muscular después de años de estar disponible para trabajos de traducción urgentes.

El mensaje brilló en la pantalla como una advertencia:

Número desconocido: "Natalia, soy Adrián. Necesito hablar contigo antes de la boda. Hay cosas que Valeria no sabe. Cosas que tú mereces saber. ¿Podemos vernos? Mañana, 2 PM, Café Tacuba en Centro Histórico. Por favor."

Natalia se quedó mirando el mensaje, sintiendo cómo todo el aire abandonaba sus pulmones de golpe.

En la sala, Leonardo dormía sin saber que el pasado de Natalia acababa de enviarle una invitación que lo cambiaría absolutamente todo.

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