Mundo ficciónIniciar sesiónLas mejores venganzas no se planean—nacen de una botella de vino y un mejor amigo con ideas peligrosas.
Leonardo Ibarra llegó dieciocho minutos después en su BMW negro, estacionándose frente al edificio de departamentos de Natalia con la precisión de alguien acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida. Salió del coche con tres bolsas de comida china colgando de una mano y dos botellas de vino tinto en la otra—no el vino barato de ciento veinte pesos que Natalia compraba en el supermercado, sino Marqués de Riscal Reserva que probablemente costaba más que su renta mensual.
Leonardo tenía treinta años y lucía como si hubiera nacido para usar trajes de tres piezas. Incluso un sábado casual, vestía jeans oscuros perfectamente planchados, una camisa azul marino con los puños enrollados con precisión geométrica, y zapatos Oxford de cuero que brillaban incluso bajo la luz tenue del pasillo. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás con ese estilo despreocupado que en realidad requería producto caro y exactamente tres minutos frente al espejo cada mañana. Los ojos color verde olivo detrás de sus lentes de armazón delgado estudiaban el mundo con la misma intensidad analítica que usaba en las salas de juntas donde destrozaba contratos corporativos por vivir.
Natalia le abrió la puerta con los ojos todavía rojos e hinchados, el maquillaje corrido en manchas oscuras bajo sus párpados. Se había cambiado a pants grises y una sudadera vieja de la UNAM que tenía un agujero en el hombro izquierdo. Su cabello castaño estaba recogido en un moño desastroso que desafiaba todas las leyes de la física.
—Te ves horrible —dijo Leonardo, entrando sin esperar invitación y depositando las bolsas en la pequeña mesa del comedor.
—Qué romántico —respondió ella, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria—. Realmente sabes cómo hacer sentir mejor a una chica.
—El romanticismo viene después del vino —replicó él, moviéndose por la cocina diminuta de Natalia con la familiaridad de alguien que había estado ahí cientos de veces durante los últimos seis años—. Primero necesitas dejar de llorar antes de que tus vecinos piensen que te estoy torturando.
A pesar de la devastación emocional que le carcomía las entrañas, Natalia sintió una pequeña sonrisa tirando de las comisuras de sus labios. Eso era lo que Leonardo hacía: la anclaba a la realidad incluso cuando su mundo se estaba desmoronando en tiempo real.
Lo observó mientras sacaba dos copas de vino del gabinete superior—porque por supuesto que sabía exactamente dónde estaban—y servía el Marqués de Riscal con la misma precisión que usaba para todo en su vida. Leonardo era la definición viviente de "tengo mi m****a resuelta": abogado corporativo en Ibarra & Asociados, la firma que su abuelo había fundado y que ahora manejaba junto a su padre y tío. Tenía un departamento en Polanco que parecía sacado de Architectural Digest, un BMW que cambiaba cada dos años, y una cuenta bancaria que hacía que el sueldo freelance de Natalia pareciera dinero de Monopoly.
Eran opuestos completos en casi todo. Ella era caos organizado con días buenos y desastre puro en los malos. Él era líneas rectas y esquinas perfectamente anguladas todo el tiempo. Pero de alguna forma absurda, funcionaban. Habían funcionado durante seis años, desde que se conocieron en un curso de derecho internacional que ella tomó por curiosidad masoquista y él porque era parte de su maestría en la Universidad Iberoamericana.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —preguntó Natalia mientras él le pasaba una copa de vino que estaba peligrosamente llena.
—Porque alguien tiene que serlo —respondió Leonardo, levantando su propia copa—. Y aparentemente, tu familia es un completo desastre. Brindemos: por las hermanas que apuñalan por la espalda y los ex novios que no valen el oxígeno que consumen.
Natalia chocó su copa contra la de él con un tintineo que resonó en el departamento silencioso.
—Ese fue el brindis más deprimente de toda mi existencia.
—Estoy improvisando —dijo él con media sonrisa—. Dame tiempo para perfeccionar algo mejor.
Se sentaron en el sofá de dos plazas que Natalia había comprado de segunda mano tres años atrás, las bolsas de comida china desplegadas en la mesa de centro de madera rayada como un festín improvisado. El aroma del pollo agridulce y los camarones con brócoli llenó el departamento, y Natalia se dio cuenta de que no había comido absolutamente nada desde las siete de la mañana. Su estómago rugió con tanta fuerza que Leonardo lo escuchó y sonrió.
—Cuéntame todo —dijo él, sirviendo arroz frito en un plato desechable—. Desde el principio, sin omitir un solo detalle asqueroso.
Y Natalia lo hizo. Le contó sobre el mensaje de Valeria, la conversación en el jardín bajo el jacarandá, la bomba nuclear de "me caso con Adrián Salazar", y la petición absolutamente demencial de ser dama de honor en una boda que se celebraría en tres semanas en San Miguel de Allende. Habló entre bocados de comida que apenas podía tragar y tragos de vino que bajaban más fácilmente. Leonardo escuchó en silencio, su expresión volviéndose más y más oscura con cada palabra que salía de la boca de Natalia, como si estuviera acumulando evidencia para un caso que planeaba destrozar en corte.
—Entonces déjame ver si entendí correctamente —dijo Leonardo lentamente cuando ella terminó, dejando su plato a un lado y recargándose hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas—. Tu hermana, que conoce la historia completa de cómo Adrián Salazar te destruyó emocionalmente durante dos años después de dejarte, decidió salir con él a tus espaldas durante cuatro meses antes de anunciar una boda exprés. ¿Y aun así tiene el descaro de pedirte que seas su dama de honor?
—En su defensa... —empezó Natalia, pero Leonardo la interrumpió con un gesto brusco de la mano.
—No hay defensa para esto, Nat. Esto es traición pura y calculada. No me importa cuánto llore Valeria o cuántas veces diga que te ama. Tu hermana hizo una elección consciente de lastimarte de la forma más profunda y humillante posible.
—Ella dice que pensó que lo había superado —murmuró Natalia, tomando otro trago largo de vino.
—Porque eso es exactamente lo que una persona dice cuando no quiere lidiar con las consecuencias de sus acciones —replicó Leonardo, haciendo eco de las palabras que Natalia había gritado horas antes—. ¿Y Adrián? ¿Ese cobarde también pensó que era apropiado casarse con la hermana menor de la mujer que abandonó hace cinco años con una carta patética?
Natalia sintió las lágrimas amenazando con regresar, pero las empujó hacia abajo con más vino.
—No hablé con él directamente. Solo con Valeria. Probablemente él ni siquiera sabe que ella me lo dijo hoy. Aunque... ella admitió que Adrián sabía quién era ella desde el principio. Cuando se conocieron, él ya sabía que era mi hermana.
—Ese hijo de puta —Leonardo prácticamente escupió las palabras—. Entonces ninguno de ellos "tropezó" accidentalmente con el otro. Esto fue deliberado desde el primer momento.
—No sé si fue deliberado por parte de Adrián o solo... no le importó lo suficiente para alejarse —dijo Natalia, sintiendo cómo cada palabra era una nueva herida abriéndose—. Tal vez realmente ama a Valeria. Tal vez yo solo fui una práctica antes del evento principal.
—No digas esas estupideces —Leonardo tomó su mano con firmeza—. Adrián Salazar es un imbécil que no merece ni pronunciar tu nombre, y definitivamente no merece que dudes de tu propio valor por un segundo.
El contacto de su mano era cálido, sólido, real en medio del caos. Natalia miró sus dedos entrelazados y sintió algo aflojarse ligeramente en su pecho.
—Mi madre va a matarme si no voy a esa boda —dijo finalmente—. Isabela nunca me perdonará. Dirá que soy egoísta, que no puedo dejar ir el pasado, que estoy arruinando el día más importante de la vida de Valeria por puro rencor.
—Tu madre puede irse directamente al infierno —dijo Leonardo sin un ápice de duda en su voz.
—Leonardo.
—¿Qué? Es la verdad absoluta —él se encogió de hombros—. Tu madre siempre ha favorecido a Valeria de forma tan obvia que es casi cómica. La bebé perfecta, la princesa dorada que nunca hace nada mal. Mientras tú eres la hija mayor responsable que se supone debe sacrificarse constantemente por el bien de la armonía familiar.
—Eso no es...
—Es exactamente eso, Nat —interrumpió Leonardo—. ¿Cuántas veces has dejado de lado lo que querías porque tu familia esperaba que lo hicieras? ¿Cuántas veces has sido la "madura" que cede y sonríe aunque por dentro estés sangrando?
Natalia odiaba cuando Leonardo tenía razón. Lo odiaba porque significaba que tenía que enfrentar verdades que había estado evitando por años, escondiéndolas en esa caja de cartón que nunca abría en el fondo de su closet.
—Entonces, ¿qué se supone que deba hacer? —preguntó, sintiendo cómo la desesperación se mezclaba con el vino en su sistema—. ¿Boicotear la boda? ¿Causar un escándalo que mi familia jamás me perdonará? ¿Destruir lo poco que queda de mi relación con Valeria?
Leonardo la miró por un largo momento con esos ojos verdes que siempre parecían ver demasiado, como si pudiera leer cada pensamiento que pasaba por su cabeza incluso cuando ella intentaba esconderlos.
—Ve a la boda —dijo finalmente.
Natalia parpadeó.
—¿Qué?
—Ve a la boda —repitió Leonardo, y ahora había algo peligroso brillando en su mirada—. Pero no sola. Y definitivamente no como una dama de honor patética que todos mirarán con lástima mientras susurran a tus espaldas. Ve como una mujer exitosa, feliz, completamente sobre su ex. Ve con una cita que haga que Adrián Salazar se arrepienta de cada maldita decisión que ha tomado en su miserable vida.
Natalia lo miró fijamente, tratando de procesar las palabras.
—Leo, no tengo una cita. Ni siquiera tengo prospectos de cita. El último tipo con el que salí me dijo que era "demasiado intensa emocionalmente" porque leí tres libros en una semana y quise discutir los temas.
—Lo sé perfectamente —dijo Leonardo, y entonces sonrió de esa forma peligrosa que usaba cuando estaba a punto de destruir al oponente en una negociación—. Por eso voy a ser tu cita.
El mundo se detuvo por segunda vez en el mismo día. El vino en la copa de Natalia se convirtió en plomo líquido.
—¿Qué?
Leonardo se inclinó hacia adelante, la intensidad en su mirada haciendo que el aire entre ellos se sintiera cargado de electricidad.
—Piénsalo, Nat. Apareces en esa boda de mi brazo. Yo, el abogado corporativo con conexiones en medio mundo y una cuenta bancaria que hace que el salario de Adrián parezca propina. El tipo que ha sido tu mejor amigo durante seis años pero que nadie en tu familia realmente conoce porque siempre has mantenido tu vida personal completamente separada de ellos. Dejamos caer algunas indirectas estratégicas de que estamos juntos. Dejamos que Adrián y Valeria se pregunten qué demonios se perdieron. Y tú sales de esto con tu dignidad completamente intacta.
—Leo, eso es ridículo...
—¿Lo es? —la desafió—. ¿O tiene perfecto sentido cuando lo piensas lógicamente? Considera la narrativa. En lugar de ser la ex novia triste llorando en un rincón mientras todos la miran con lástima, eres la mujer que mejoró drásticamente. Que encontró a alguien mejor en todos los sentidos posibles. Alguien que realmente la valora y la trata como merece.
Natalia abrió la boca para protestar, pero no salieron palabras. Porque una parte de ella—una parte oscura y vengativa que normalmente mantenía enterrada—estaba gritando "sí" con cada fibra de su ser.
—Me estás diciendo que finjamos ser pareja —dijo lentamente—. En la boda de mi hermana. Frente a toda mi familia y cincuenta invitados. Durante una semana completa.
—Exactamente —Leonardo asintió—. Y antes de que digas que es una locura, déjame recordarte que me debes un favor considerable.
Natalia frunció el ceño.
—¿Qué favor?
—¿Recuerdas la gala benéfica de mi firma el año pasado? —preguntó Leonardo—. ¿Cuando necesitaba una pareja porque mi entonces novia Sofía estaba en Guadalajara en un juicio que se extendió? ¿Y fuiste conmigo y encantaste a todos los socios principales con tu capacidad de conversar en tres idiomas, lo que definitivamente ayudó cuando me consideraron para la promoción que conseguí tres meses después?
—Eso no cuenta como...
—Cuenta totalmente —interrumpió Leonardo—. Esto es básicamente lo mismo, pero con más drama familiar y probablemente mejor comida porque las bodas en San Miguel de Allende son legendarias.
—No hay forma de que la comida de una boda supere a la de esa gala —argumentó Natalia, aferrándose a los detalles absurdos porque era más fácil que procesar la propuesta insana—. Tenían ostras importadas y ese caviar que costaba más que mi coche.
—Estás evadiendo la pregunta real —dijo Leonardo con esa sonrisa de medio lado que usaba cuando sabía que ya había ganado una discusión.
—Porque la pregunta es una locura absoluta.
—Pero estás considerándola seriamente —Leonardo se recargó hacia atrás en el sofá, estudiándola—. Puedo verlo en tu cara, Nat. La parte de ti que quiere venganza, la parte que quiere que Adrián vea exactamente lo que perdió cuando decidió dejarte por su ambición y luego elegir a tu hermana, está gritando que sí en este momento.
Maldita sea. Tenía razón de nuevo.
Natalia tomó otro trago largo de vino, sintiendo cómo el alcohol comenzaba a suavizar los bordes afilados de su dolor hasta convertirlo en algo más manejable. Su cerebro trabajaba a mil por hora, procesando los ángulos, las consecuencias, las posibilidades.
La idea era absurda. Completamente absurda. Pretender estar en una relación seria con su mejor amigo solo para hacer que su ex se sintiera mal era el tipo de cosa que solo pasaba en películas románticas baratas o novelas de aeropuerto.
Pero por otro lado... una parte considerable de ella realmente quería ver la cara de Adrián cuando apareciera del brazo de Leonardo. Quería verlo darse cuenta de que ella había seguido adelante, de que él no era el centro de su universo, de que la vida después de él no solo existía sino que era objetivamente mejor.
—Si hiciéramos esto —dijo lentamente, eligiendo cada palabra con cuidado—, tendría que ser absolutamente convincente. Mi familia me conoce demasiado bien. Notarían si algo está fuera de lugar o si estamos actuando.
—Soy abogado corporativo, Nat —dijo Leonardo—. Mentir convincentemente mientras mantengo contacto visual directo es literalmente parte de mi descripción de trabajo. Bueno, técnicamente lo llaman "presentar hechos de manera favorable al cliente y su narrativa", pero básicamente es exactamente lo mismo.
—Esto no es una negociación de negocios, Leo.
—No estoy bromeando ni un poco —su expresión se volvió completamente seria, y Natalia pudo ver algo profundo y real en sus ojos—. Mira, Nat, eres mi mejor amiga. Te he visto destruida por este tipo durante cinco años completos, incluso cuando fingías estar perfectamente bien y sonreías diciéndome que lo habías superado. Si hay algo que pueda hacer para ayudarte a recuperar tu poder en esta situación, lo haré sin dudarlo ni un segundo.
Y ahí estaba. La razón por la que Leonardo era su persona favorita en el mundo entero. Porque cuando todos los demás la abandonaban, cuando todos los demás tomaban decisiones que la lastimaban profundamente, él siempre, siempre estaba ahí, firme como una roca.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo? —preguntó de nuevo, sintiendo cómo su voz se quebraba ligeramente.
—Porque alguien tiene que serlo —repitió él, alcanzando su mano y entrelazando sus dedos con los de ella—. Y me alegro infinitamente de que sea yo.
Natalia miró sus manos unidas, sintiendo algo cálido y extraño expandiéndose en su pecho. Algo que definitivamente era solo gratitud profunda. Solo amistad sólida de seis años. Absolutamente nada más.
—Está bien —dijo finalmente, las palabras saliendo antes de que pudiera detenerlas—. Hagámoslo. Pero con reglas muy específicas.
—Siempre hay reglas contigo —sonrió Leonardo—. Adelante.
Natalia levantó un dedo.
—Regla número uno: nada de besos reales. Solo actuación cuando sea absolutamente necesario para mantener la farsa. Y si hay que besar, mejilla solamente.
—¿Y si alguien espera más? —preguntó Leonardo, arqueando una ceja—. Tu familia conoció a Adrián. Saben perfectamente que tú no eres del tipo de relación sin afecto físico adecuado.
Natalia lo fulminó con la mirada durante tres segundos completos.
—Bien. Besos permitidos cuando sea estrictamente necesario para mantener la credibilidad. Pero nada de lengua ni nada inapropiado.
—Acabas de destrozar mi corazón —dijo Leonardo en tono dramático, llevándose una mano al pecho—. ¿Cómo voy a sobrevivir toda una semana sin usar lengua?
—Regla número dos —continuó Natalia, ignorando completamente su sarcasmo—. Cuando esto termine, después de la boda, volvemos a ser exactamente lo que somos ahora. Solo amigos. Sin cosas raras. Sin tensión extraña. Como si absolutamente nada hubiera pasado.
—Por supuesto —dijo Leonardo, pero algo en su expresión pareció cambiar por una fracción de segundo antes de volver a la normalidad—. ¿Algo más en tu lista de condiciones?
—Regla número tres: si en cualquier momento alguno de los dos se siente incómodo con la situación, lo detenemos inmediatamente. Sin preguntas. Sin juicios. Sin explicaciones necesarias.
—Trato hecho —Leonardo extendió su mano formalmente, como si estuvieran cerrando un acuerdo corporativo—. ¿Sellamos el pacto?
Natalia miró su mano extendida, sabiendo con absoluta certeza que una vez que la estrechara, no habría vuelta atrás. Estarían mintiendo a su familia, fingiendo sentimientos que no existían, actuando en el escenario más doloroso y público de su vida.
Pero la alternativa era aparecer sola. Vulnerable. Rota. La ex novia patética que no pudo superar el pasado.
Y Natalia Ochoa estaba absolutamente harta de estar rota.
Estrechó su mano con firmeza.
—Trato hecho.
La mano de Leonardo era cálida y sólida alrededor de la suya, sus dedos largos envolviendo los de ella con una firmeza que se sintió extrañamente íntima. El apretón se extendió un segundo más de lo necesario, sus ojos verdes sosteniéndola en un momento que pareció cargado de algo que Natalia no supo cómo interpretar.
—Entonces, novia falsa —dijo él finalmente, soltando su mano y levantando su copa de vino—. Prepárate para la actuación de tu vida.
Brindaron de nuevo, y mientras el vino bajaba por su garganta, Natalia intentó desesperadamente ignorar la voz pequeña en el fondo de su mente que susurraba que esto era una idea terrible que terminaría en desastre.
Que pretender estar enamorada de Leonardo Ibarra podría ser la cosa más fácil—y más peligrosamente real—que jamás había hecho.
Su teléfono vibró en la mesa de centro, iluminándose con una llamada entrante. El nombre "Mamá" brillaba en la pantalla como una advertencia.
Leonardo le hizo señas de no contestar, moviendo la cabeza enfáticamente. Pero Natalia conocía a su madre. Si no contestaba ahora, Isabela Ochoa seguiría llamando cada cinco minutos hasta que lo hiciera, probablemente aparecería en su departamento, y definitivamente haría de su vida un infierno.
Contestó con manos temblorosas.
—Mamá...
—¿Cómo te atreves? —la voz de Isabela explotó por el altavoz antes de que Natalia pudiera decir algo más—. ¿Cómo te atreves a salir de esta casa dejando a tu hermana destrozada? ¡Valeria no ha parado de llorar en tres horas! ¡Está devastada por tu egoísmo, Natalia!
—Mamá, escucha...
—¡No! Tú vas a escuchar —interrumpió Isabela, su voz cargada de esa indignación que había perfeccionado durante años—. Sé que tuviste una relación con Adrián hace siglos. Pero eso fue hace cinco años. Cinco años, Natalia. ¿Cuándo vas a madurar y dejar ir el pasado? Tu hermana encontró el amor, y en lugar de alegrarte por ella como una hermana decente haría, decides montar un drama digno de telenovela barata.
Las palabras golpeaban como puños, cada una abriendo viejas heridas que Natalia había creído cicatrizadas.
—Yo no monté ningún drama...
—Valeria dice que le gritaste cosas horribles —continuó Isabela—. Que la acusaste de traición. Por Dios, Natalia, ¿qué esperabas que hiciera? ¿Que consultara contigo cada hombre con el que sale por si acaso tuviste algo con él en el pasado? Eres ridícula.
Natalia sintió las lágrimas ardiendo en sus ojos de nuevo. Leonardo se inclinó hacia adelante, su expresión oscureciéndose peligrosamente, pero ella lo detuvo con un gesto.
—Mamá, por favor...
—Irás a esa boda —dijo Isabela con finalidad absoluta—. Serás la dama de honor de tu hermana, sonreirás para las fotos, y dejarás de ser tan egoísta por una vez en tu vida. Este es el día más importante en la vida de Valeria, y no permitiré que lo arruines con tus celos infantiles.
Algo dentro de Natalia se rompió finalmente. Estaba a punto de ceder, de decir "sí, mamá" como siempre lo hacía, cuando Leonardo le arrebató el teléfono de la mano.
—Señora Ochoa —dijo con esa voz fría y profesional que usaba para intimidar en las salas de juntas—, soy Leonardo Ibarra, el prometido de Natalia.
El silencio al otro lado de la línea fue absoluto y total.
—Natalia irá a esa boda —continuó Leonardo, cada palabra saliendo clara y controlada—. Pero irá como mi pareja, no como dama de honor. Y le sugiero fuertemente que la trate con el respeto y la consideración que merece como su hija, o ninguno de los dos asistirá. ¿Me expliqué con claridad?
Colgó antes de que Isabela pudiera responder.
Natalia lo miraba con la boca abierta, el corazón latiendo tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos.
—¿Qué acabas de hacer?
—Establecer los términos —dijo Leonardo simplemente, devolviéndole el teléfono—. Tu madre necesita aprender que ya no puede pisotearte cuando le venga en gana.
El teléfono de Natalia comenzó a vibrar inmediatamente con mensajes. Valeria. Isabela. Incluso un mensaje de su padre Ernesto preguntando "¿qué está pasando?"
Leonardo tomó el teléfono de nuevo y lo apagó completamente.
—Mañana lidiaremos con las consecuencias —dijo—. Esta noche, terminamos este vino y planeamos exactamente cómo vamos a destruirlos a todos con nuestra historia de amor falsa.
Natalia no sabía si reír o llorar. Así que hizo ambas cosas al mismo tiempo, con Leonardo sosteniéndola mientras el mundo que conocía se desmoronaba y reconstruía en algo completamente nuevo.
Algo aterrador.
Algo peligroso.
Algo que ya no podía detener.







