SEDUCIÉNDO A MI FALSO PROMETIDO

SEDUCIÉNDO A MI FALSO PROMETIDOES

Romance
Última atualização: 2026-05-01
MARY ANN  Atualizado agora
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Índice

Cuando el pasado regresa vestido de blanco, algunas mentiras se convierten en la única verdad que vale la pena vivir. Natalia Ochoa pensó que había enterrado a Adrián Salazar en lo más profundo de su corazón—hasta que su hermana menor, Valeria, anunció su compromiso con él. El mismo hombre que destrozó a Natalia hace cinco años. El hombre que aún aparece en sus sueños. Y ahora, el prometido de su hermana. Una semana entera en la exclusiva Hacienda San Miguel de Allende. Una mansión llena de invitados. Y una dama de honor con el corazón hecho pedazos. Para sobrevivir sin humillarse, Natalia recurre a su mejor amigo, Leonardo Ibarra—el brillante abogado corporativo que siempre ha estado ahí cuando todos los demás se fueron. Él le debe un favor, y fingir ser su prometido durante una semana parece fácil. Hasta que los besos de mentira empiezan a sentirse peligrosamente reales. Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir tan fácilmente. Y Valeria esconde secretos más oscuros de lo que nadie imagina. Ahora Natalia está atrapada entre el hombre que la destruyó y el único hombre que podría salvarla... si ella se atreve a arriesgarlo todo por amor. Porque algunas mentiras son más honestas que la verdad. Y algunas promesas falsas son las únicas que valen la pena romper.

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Capítulo 1

1

El mensaje llegó a las 11:34 PM, y con él, la destrucción de todo lo que Natalia había reconstruido.

La notificación iluminó la pantalla de su laptop justo cuando ella estaba cerrando el último archivo de la traducción técnica que había consumido las últimas ocho horas de su vida. Sus ojos ardían por el cansancio, y los dedos le dolían de tanto teclear términos legales del inglés al español. El departamento en la Colonia Roma estaba sumido en un silencio que ya no la perturbaba—había aprendido a encontrar paz en la soledad, o al menos eso se repetía cada noche antes de dormir.

"Nat, necesito verte mañana. Es urgente. Por favor."

Natalia frunció el ceño mirando el mensaje de Valeria. Su hermana menor nunca pedía las cosas con amabilidad. Valeria exigía, esperaba, demandaba. Pero ese "por favor" al final de la frase hizo que algo incómodo se retorciera en el estómago de Natalia, como una advertencia primitiva de que el mundo estaba por cambiar de formas que ella no podría controlar.

Tomó la copa de vino tinto que había servido hacía una hora—ya casi vacía—y dejó que el líquido bajara por su garganta mientras miraba alrededor de su departamento de un dormitorio. Los muros color crema estaban decorados con láminas de ciudades que nunca había visitado: París, Tokio, Barcelona. En el librero junto a la ventana, había una fotografía enmarcada volteada boca abajo, y en el closet de su habitación, escondida detrás de cajas de zapatos viejos, había una caja de cartón que no había abierto en cinco años. Dentro de esa caja estaban todas las cartas, los recuerdos, las promesas rotas de una vida que ya no existía.

Natalia escribió una respuesta rápida: "¿Estás bien?"

Los tres puntos parpadearon durante una eternidad antes de que apareciera la respuesta de Valeria.

"Sí. Solo... necesito decirte algo en persona. Es importante. Te quiero."

El "te quiero" al final hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Su hermana definitivamente estaba ocultando algo grave.

El sábado amaneció con un cielo despejado que contrastaba cruelmente con la ansiedad que le había impedido a Natalia dormir más de tres horas. Condujo su viejo Honda Civic plateado hacia Coyoacán con las manos aferradas al volante y un nudo en el estómago que crecía con cada kilómetro.

La casa familiar apareció al final de la calle empedrada como siempre lo hacía: imponente, perfecta, inmaculada. La construcción colonial de dos pisos había sido restaurada meticulosamente por su padre durante años, con sus muros color terracota, las ventanas con marcos de madera tallada, y el jardín frontal que parecía sacado de una revista de decoración. Las buganvilias color fucsia trepaban por las paredes laterales, y el aroma de los naranjos llegaba hasta la calle.

Natalia estacionó frente a la entrada y se tomó un momento antes de salir del coche. Respiró profundamente tres veces—una técnica que había aprendido en las sesiones de terapia a las que asistió durante dos años después de que su vida explotara—y finalmente abrió la puerta.

La entrada de la casa la recibió con el olor familiar a canela y café que su madre Isabela preparaba religiosamente cada mañana. Pero lo que realmente capturó su atención fue la galería de fotografías que decoraba el pasillo principal: docenas de imágenes enmarcadas de Valeria. Valeria en su graduación de preparatoria con la banda de honor. Valeria recibiendo el premio a mejor estudiante de su generación en la universidad. Valeria en la portada de una revista local de moda donde había modelado brevemente. Las fotografías de Natalia existían, por supuesto, pero estaban relegadas a los rincones menos visibles—la repisa del segundo piso, el pasillo que llevaba a las habitaciones, lugares donde solo las veías si realmente las buscabas.

Los trofeos de Valeria ocupaban una vitrina completa en la sala: natación, debates estudiantiles, concursos de belleza locales. El altar familiar dedicado a la hija perfecta.

Natalia encontró a su hermana en el jardín trasero, sentada en uno de los sillones de mimbre blanco bajo la sombra de un jacarandá que todavía tenía algunas flores moradas aferrándose a sus ramas. Valeria llevaba un vestido de lino color melocotón que hacía que su piel bronceada brillara bajo la luz del sol, y su cabello rubio—cortesía de las visitas mensuales al salón más caro de la ciudad—caía en ondas perfectas sobre sus hombros. A sus veintitrés años, Valeria Ochoa ya había dominado el arte de lucir como si cada momento de su vida fuera una sesión fotográfica.

—Trajiste café —dijo Valeria cuando Natalia apareció con dos vasos de Starbucks, intentando sonreír pero fallando miserablemente.

—Todavía no sabes lo que traje —respondió Natalia, entregándole uno de los vasos mientras se sentaba en el sillón frente a ella—. Podría ser descafeinado.

—Tú nunca harías algo tan cruel.

Natalia estudió el rostro de su hermana en busca de pistas sobre lo que vendría. Valeria evitaba su mirada, concentrándose con una intensidad absurda en quitarle la tapa de plástico a su bebida. Sus manos temblaban ligeramente.

—Bueno, ¿vas a decirme qué pasa o tengo que adivinarlo? —preguntó Natalia finalmente, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en el aire entre ellas como electricidad antes de una tormenta—. ¿Estás embarazada? ¿Te despidieron de la agencia? ¿Papá finalmente admitió que mi habitación siempre fue su favorita?

Valeria soltó una risa nerviosa que sonó como cristal rompiéndose.

—Me voy a casar.

El mundo se detuvo. Literalmente se detuvo. Los pájaros dejaron de cantar en los árboles. El viento dejó de mover las hojas del jacarandá. El café en la mano de Natalia se convirtió en hielo.

—¿Qué? —la palabra salió como un graznido.

—Me voy a casar —repitió Valeria, ahora mirándola directamente con esos ojos azules que había heredado de su madre, brillando con algo que podría haber sido felicidad o pánico absoluto—. La boda es en tres semanas. En San Miguel de Allende. Rentamos la Hacienda Bellavista para toda la semana. Va a ser increíble, Nat. Íntimo pero elegante. Solo cincuenta invitados. Y tú... tú serías mi dama de honor, ¿verdad?

Natalia procesaba las palabras como si estuvieran en un idioma extranjero que había olvidado cómo traducir. Su hermana de veintitrés años, que había roto con su novio hacía apenas seis meses, estaba anunciando una boda en tres semanas.

—Vale, esto es... —Natalia se pasó una mano por el cabello castaño que llevaba recogido en una coleta descuidada—. ¿Tres semanas? ¿Quién organiza una boda en tres semanas?

—Nosotros —respondió Valeria con la barbilla en alto, en esa postura desafiante que usaba cuando sabía que estaba a punto de causar problemas—. Cuando sabes que es lo correcto, ¿para qué esperar?

—¿Y quién es "nosotros"? —preguntó Natalia, sintiendo cómo el café se le revolvía en el estómago—. Ni siquiera sabía que estabas saliendo con alguien en serio.

El silencio que siguió fue denso, pesado, cargado con algo ominoso que hizo que cada músculo en el cuerpo de Natalia se tensara como preparándose para un golpe.

Valeria tomó aire profundamente, y en ese momento, Natalia supo. Antes de que su hermana abriera la boca, antes de que las palabras salieran, Natalia lo supo en algún lugar profundo y primitivo de su ser que algo terrible estaba por suceder.

—Es Adrián —dijo Valeria, y cada sílaba fue una puñalada—. Adrián Salazar.

El nombre explotó en el aire como una granada. Natalia sintió cómo el oxígeno abandonaba sus pulmones de golpe, cómo el mundo se inclinaba violentamente hacia un lado, cómo cinco años de reconstrucción cuidadosa se derrumbaban en un segundo.

—¿Qué? —esta vez la palabra salió como un susurro roto.

—Adrián Salazar —repitió Valeria, y ahora las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos azules—. Nos reconectamos hace cuatro meses. Él volvió a la ciudad después de terminar su maestría en Barcelona. Yo estaba en el Ivy Lounge con unas amigas y él estaba ahí con gente de su trabajo. Empezamos a hablar y... simplemente pasó. No lo planeamos, Nat. Te juro por Dios que no lo planeamos así.

Natalia no podía respirar. No podía pensar. En su mente, los recuerdos se estrellaban contra el presente como olas violentas:

Adrián besándola bajo este mismo jacarandá cuando tenía diecinueve años, sus manos en su rostro, susurrando "eres mi persona" contra sus labios. Adrián trazando constelaciones en su piel desnuda en las noches de verano. Adrián prometiendo que cuando terminara su carrera, construirían una vida juntos. Adrián dejándola con una carta fría y genérica sobre "necesitar encontrarse a sí mismo" y "no estar listo para compromisos".

—Dime que esto es una broma —logró articular finalmente, sintiendo cómo las náuseas amenazaban con hacerla vomitar—. Dime que esto es una maldita broma, Valeria.

—No es una broma —los ojos de Valeria se llenaron de lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas perfectamente maquilladas—. Sé que esto es complicado. Sé que ustedes tuvieron... historia. Pero han pasado cinco años, Nat. Cinco años completos. Y tú dijiste que lo habías superado. Dijiste que estabas bien.

—¡Porque eso es lo que una dice cuando su hermana pequeña le pregunta si está bien! —explotó Natalia, poniéndose de pie tan rápido que derramó café sobre la mesa de cristal—. ¡No es una invitación para que vayas y te acuestes con él!

Valeria se encogió ante las palabras crudas, pero no retrocedió. Se puso de pie también, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

—Sé que estás enojada...

—¿Enojada? —Natalia soltó una risa histérica que sonó demente incluso para sus propios oídos—. Oh, cariño, enojada no cubre ni la superficie de lo que estoy sintiendo ahora mismo. Traicionada, quizás. Apuñalada por la espalda por mi propia hermana, definitivamente. Pero enojada es quedarse muy, muy corto.

—No fue una traición —dijo Valeria, con la voz quebrándose—. Yo no... no sabía que todavía te importaba tanto. Pensé que realmente lo habías superado. Has salido con otros chicos. Tuviste esa relación con Marcos el año pasado...

—¡Marcos era un idiota que usaba calcetines con sandalias! —gritó Natalia—. ¡No lo amaba! ¡Lo soportaba porque estaba tratando desesperadamente de olvidar al hombre que realmente me importaba! ¿Y sabes qué? Funcionó. Durante meses, realmente funcionó. Hasta que mi querida hermana decidió que sería divertido casarse con mi ex novio.

Las lágrimas rodaban libremente por las mejillas de Valeria ahora, arruinando el maquillaje que probablemente había tardado una hora en aplicar.

—Yo lo amo, Nat. Lo amo tanto que duele respirar cuando no está cerca. Y él me ama a mí. Sé que suena loco, sé que todo esto es demasiado rápido, pero cuando es real, simplemente lo sabes. Y esto es real. Más real que cualquier cosa que haya sentido en toda mi vida.

—¿Él te dijo eso? —la voz de Natalia era puro veneno ahora—. ¿Te dijo que te amaba de esa forma tan intensa? Porque a mí también me lo dijo, Valeria. Múltiples veces. En esta misma terraza, de hecho. Bajo ese mismo árbol. Y luego se fue a Barcelona sin mirar atrás, dejándome con una carta patética y el corazón hecho pedazos.

—Las personas cambian —susurró Valeria—. Él era joven entonces. Ahora es diferente. Más maduro. Está listo para...

—¿Estar listo? —interrumpió Natalia—. ¿Listo para qué? ¿Para casarse con la hermana menor de la mujer que destrozó? ¿Esa es su versión de madurez?

Valeria se mordió el labio inferior, y en ese gesto, Natalia vio algo que hizo que su sangre se congelara: culpa. Culpa pura y evidente.

—Él... él sabe quién eres —admitió Valeria en voz baja—. Desde el principio. Cuando nos conocimos, él sabía que yo era tu hermana.

El mundo se detuvo de nuevo. Esta vez, Natalia sintió como si le hubieran arrancado el piso bajo los pies.

—Entonces no fue casualidad —dijo lentamente—. Ninguno de ustedes tropezó accidentalmente con el otro en un bar. Él sabía exactamente quién eras cuando se acercó a ti.

Valeria no respondió, pero no necesitaba hacerlo. Su silencio era confesión suficiente.

Natalia recogió su bolso con manos temblorosas, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con caer pero negándose absolutamente a darle a su hermana la satisfacción de verla llorar.

—Espera, no te vayas —Valeria se lanzó hacia ella, agarrando su brazo—. Todavía no te he pedido... quiero que seas mi dama de honor, Nat. Sé que esto es horrible, sé que te estoy lastimando, pero eres mi hermana. Mi única hermana. No puedo casarme sin ti ahí. Por favor.

Natalia se liberó del agarre con un movimiento brusco.

—Observa cómo puedes —escupió las palabras—. Disfruta tu boda de cuento de hadas con mi ex novio, Valeria. Espero que sean muy felices juntos. Espero que cada vez que te bese, recuerde que antes me besaba a mí. Espero que cada promesa que te haga, la oigas con el eco de las promesas que me hizo y rompió.

Salió de la casa sin mirar atrás, ignorando los sollozos de su hermana y la voz de su madre Isabela llamándola desde algún lugar dentro de la casa. No paró hasta estar dentro de su Honda, con las manos temblando tanto que tardó tres intentos en meter la llave en el contacto.

Solo entonces, con la casa familiar desapareciendo por el espejo retrovisor, permitió que las lágrimas cayeran.

Condujo sin rumbo durante veinte minutos, las lágrimas nublando su visión mientras el tráfico de la Ciudad de México fluía a su alrededor como siempre lo hacía: caótico, indiferente al dolor humano. Finalmente se detuvo en un estacionamiento vacío cerca del Parque México y agarró su teléfono con dedos temblorosos.

Marcó el único número que sabía que respondería.

—Nat, ¿qué pasa? —la voz de Leonardo Ibarra llegó antes del segundo timbre, inmediatamente preocupada—. ¿Estás bien? Suenas rara.

Y entonces Natalia se derrumbó completamente. Las palabras salieron entre sollozos entrecortados: Valeria, la boda, Adrián, la traición, todo.

—Esa no es tu hermana —dijo Leonardo cuando ella terminó, su voz cargada de una furia que Natalia podía sentir incluso a través del teléfono—. Esa es una traidora. Y Adrián Salazar es un hijo de puta cobarde que no merece ni pronunciar tu nombre.

—No sé qué hacer, Leo —susurró Natalia—. Mi familia... mi madre va a presionarme para que vaya a esa boda. Para que sea la hermana mayor madura que se traga el dolor y sonríe para las fotos.

—Entonces no vas sola —dijo Leonardo con firmeza—. Voy para allá. Dame tu ubicación.

—Leo, no tienes que...

—Llegaré en veinte minutos, Nat. Y escúchame bien... tengo una idea. Una idea completamente loca que podría solucionar todo esto.

La línea se cortó antes de que Natalia pudiera preguntar qué diablos significaba eso.

Se quedó sentada en su coche, rodeada de silencio y lágrimas secándose en sus mejillas, preguntándose cómo su vida había explotado tan completamente en el espacio de una mañana.

En su teléfono, un mensaje nuevo iluminó la pantalla.

Era de Valeria: "Por favor, Nat. No me odies. Te necesito."

Natalia apagó el teléfono sin responder.

Algunas heridas eran demasiado profundas para curarlas con palabras.

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