DÍAS DESPUÉS
El sol apenas comienza a despuntar sobre la bahía cuando la silueta de la bodega número cuatro se alza entre la bruma del muelle industrial, envuelta en un silencio sepulcral que solo se rompe por el choque constante del agua contra las estructuras de concreto. Adrián Volkov permanece en la penumbra del segundo piso, apoyado contra la barandilla de hierro del despacho elevado, observando fijamente la entrada principal del recinto mientras limpia con elegancia un vaso de cristal. A