La clase parecía extenderse interminablemente. La profesora Esther hablaba de algún tema que, en otro momento, me habría interesado, pero ahora no estaba lo suficientemente concentrada.
Intenté enfocarme, mirar la pizarra, tomar notas, pero la tinta de mi bolígrafo no parecía tener sentido. Los garabatos en mi cuaderno eran solo eso: líneas sin estructura, sin propósito. Me sentía fuera de lugar, atrapada entre dos mundos. El aula, con su ambiente impersonal, y el campo de batalla emocional que