Adri
—Contéstalo.
—¿Qué hago? —movía los brazos en pánico.
—¡Por el amor de Dios, contéstalo! —demandó Dafne, agarrando el teléfono.
—No lo contestes —balbuceé mientras trataba de arrebatárselo. Ella lo sostenía en el aire y lo agitaba.
—Contéstalo, mujer —insistió.
—No lo voy a contestar —lo agarré de sus manos y lo miré mientras seguía vibrando.
Héctor lo tomó de mis manos, pulsó contestar y me lo pasó.
—¿Qué demonios? —mimetizé.
—Hola, Adriana —ronroneó la voz aterciopelada de Diego.
Mis ojo