—¿No quiere tomar asiento, señor Hershey? —dijo Dorelia con una nota de exagerada cortesía.
Andrew la contempló en silencio durante unos segundos. Estaba tan bella como recordaba, más aún incluso. El vaporoso vestido de algodón color crema con unas minúsculas flores azules remarcaban su esbelta silueta, la blancura de sus hombros desnudos y la piel suave y voluptuosa de sus senos.
—¿Acaso ha perdido el habla de nuevo, señor?
Él curvó los labios. Ella tenía derecho a burlarse y a estar furiosa p