Sumergida en sus pensamientos, Dorelia se sobresaltó cuando el carruaje se detuvo frente a la entrada principal de la mansión. A la luz del día, su aspecto era impresionante, y se alegró de que en su visita anterior fuese de noche, pues quizá la visión de sus altos muros, que se extendían en dos alas hacia el río y las suaves colinas, la habrían disuadido de su propósito de entrar en Camberly para abordar al invitado del duque con su insólita propuesta de matrimonio.
Un lacayo abrió la puerta y