Edward se puso de pie, caminó hacia la mesa y sirvió dos copas de brandy.
—Es una idea magnífica, tía Louise —dijo dirigiéndole un guiño a Andrew.
—¿Crees que la señorita Hamilton tendría inconveniente en venir mañana antes del almuerzo? —le preguntó ella a Andrew, apoyándose en su bastón.
Él la cogió del brazo y la ayudó a incorporarse.
—Por supuesto que no tendrá inconveniente —le respondió—. Estoy convencido de que lo hará encantada. —Andrew curvó sus labios en una sonrisa, pero luego cambió