Emma despertó con la mano de Damien sobre su cintura.
No se movió. Su respiración era tranquila; seguía dormido, pero durante la noche su brazo se había desplazado, acercándola a él en vez de mantener la distancia como siempre.
Debería apartarse. Levantarse. Crear espacio.
En cambio, se quedó quieta.
El sol apenas comenzaba a entrar por las ventanas. La casa seguía en silencio. En unas horas, el personal recorrería los pasillos, servirían el desayuno y la realidad interrumpiría lo que fuera que