Camille
Cuando veo entrar a Don Xavier, no puedo evitar sentir que muero de la vergüenza de solo imaginar que nos hubiese visto uno encima del otro. Me pongo de pie y le doy un fuerte abrazo.
—¡Don Xavier! ¿Cómo ha estado? Lo he extrañado mucho.
—Muy bien, mi peque —responde, devolviéndome el abrazo junto con una enorme sonrisa—. ¿Qué haces aquí? ¿No me digas que por fin este cabeza dura te convenció de regresar? —me cuestiona, lanzándole una mirada fulminante a su nieto y ante lo cual no puedo