Maya
Cuando bajé al salón, me encontré a Josean, quien rondaba observando lo que había en la mansión de Valentino.
—Buenos días —saludé sin muchas ganas, pero con educación.
—Ah, buenos días, cuñadita. Vaya, son más de las nueve y hasta ahora despiertas.
La miré negando con una sonrisa en los labios.
—Querida, puedo levantarme a la hora que yo desee; soy la prometida del dueño de esta mansión —declaré acercándome a ella. Sus ojos azules me miraban fijamente.
—Uhm, pero me imagino que eso no te