Maya.
Abrí los ojos lentamente, y me encontré en un lugar oscuro y tenebroso. Mi cuerpo estaba frío, casi paralizado por el gélido ambiente. Me sentía pálida, mis manos eran blancas como el mármol. Me incorporé, deseando envolverme en algo que me diera calor. Mis labios temblaban, y en ese instante, escuché una voz lejana, como un eco resonando en mi interior. Era la voz de un hombre, pero no podía reconocerla.
—¿Quién es ese hombre? ¿Por qué no lo reconozco?—, me pregunté. La voz resonó de nue